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martes, 2 de noviembre de 2010

TRANSGÉNICOS: EL MUNDO QUE NO QUEREMOS

“Todavía se pueden cambiar las cosas. Si no creyera eso, me habría quedado en mi casa con mis hijas”, dijo Marie-Monique Robin, periodista, documentalista y escritora francesa, al presentar su último libro, "El mundo según Monsanto", y un documental del mismo nombre. 
Un mundo tenebroso en el cual el afán de ganancia y la multiplicación del dinero están por sobre cualquier otro valor, incluyendo la vida.


Este trabajo en doble formato es el impactante resultado de tres años de investigación que permitieron a la autora develar los métodos non sanctos utilizados por la corporación transnacional Monsanto para convertirse en la principal empresa semillera del mundo, concentrar el 90 por ciento de los cultivos transgénicos que se extienden por el planeta y liderar el mercado de los plaguicidas.

Su investigación llevó a Robin a América del Norte y del Sur, a Asia, África y a países europeos, donde entrevistó a víctimas intoxicadas con los productos químicos de Monsanto (PCB, herbicida Roundup Ready y transgénicos resistentes a plaguicidas, entre otros), que incluso han provocado la muerte de niños y adultos.

También conversó con científicos, abogados, políticos y representantes de la sociedad civil, quienes ponen en evidencia los engaños y actos ilícitos cometidos por la transnacional para poner sus productos en el mercado, infiltrando instituciones de Naciones Unidas como la FAO y la OMS -entre otras-, corrompiendo gobiernos, y altos funcionarios públicos.

Por ejemplo, ejecutivos de la Administración de Alimentos y Fármacos (Food and Drug Administration, FDA) y de la Agencia para la Protección Ambiental (Environmental Protection Agency, EPA) de Estados Unidos, instituciones que tienen la misión de resguardar la salud pública, y regular los plaguicidas y transgénicos.

Marie-Monique Robin, de 48 años, casada, con tres hijas de 11, 14 y 17 años, es una de las periodistas de investigación más prestigiosas de Francia, especializada en temas de derechos humanos, biodiversidad y medio ambiente.

Ha realizado numerosos documentales y escrito varios libros, lo que la ha hecho merecedora de los premios Albert-Londres 1995 y Rachel Carson 2008.

En un año, El mundo según Monsanto, publicado en español por Ediciones Península/Océano, se ha traducido a 13 idiomas y sólo en Francia se han vendido 130 mil ejemplares, convirtiéndose en un best seller.



El documental, producido por la cadena de televisión francoalemana Arte, se está distribuyendo en 20 países y en diversos idiomas. La autora no ha dejado de viajar, respondiendo a solicitudes de todos los continentes. En Sudamérica, visitó Argentina, luego Chile, y después voló hacia Paraguay.

-¿Cómo se explica el éxito que ha tenido su último trabajo?
-Es algo sorprendente que nadie previó. Pienso que mi investigación sobre Monsanto llegó en un momento muy oportuno.

Esta transnacional se ha convertido en el paradigma de un modelo agroindustrial del cual la gente está viendo las consecuencias.

Muchas personas están enfermas de cáncer y la gente sospecha que esto puede tener relación con la alimentación, aunque los gobiernos y los medios de comunicación no lo digan. La OMS (Organización Mundial de la Salud) habla de una epidemia de cáncer.

Desde 1980, la incidencia de esta enfermedad subió en 53 por ciento en los hombres y 47 por ciento en las mujeres. Este trabajo confirmó que se deben buscar las causas en el modelo agroindustrial.

Monsanto ha liberado al medio ambiente una enorme cantidad de sustancias químicas sin que hayan sido previamente estudiadas ni analizadas. No le preocupa el daño que provoque. Sabe que quien controla las semillas, controla la cadena alimentaria. Ese es el objetivo de la empresa.

EL NEGOCIO DE LAS MENTIRAS

-¿Cuáles son los principales problemas generados por los transgénicos?
-Una vez que se introducen los cultivos transgénicos en un país, no hay marcha atrás, porque se propagan fácilmente y contaminan las variedades tradicionales.

Así reducen la biodiversidad, como ha sucedido en Canadá, donde la colza o raps transgénico acabó con todas las demás variedades mediante la polinización abierta, que ocurre cuando el viento o los pájaros diseminan las semillas.

Por otra parte, los transgénicos se aprobaron sin un estudio serio y no se sabe cuáles pueden ser las consecuencias en la salud humana.

Es una gran mentira que los alimentos transgénicos permitirán acabar con el hambre en el mundo. Todos los transgénicos que se producen hasta ahora son plantas-pesticidas, y el mundo no se va a alimentar con esto.

El mayor cultivo es la soja Roundup Ready (RR) de Monsanto. Es una planta manipulada para resistir las fumigaciones del herbicida Roundup, también fabricado por Monsanto, cuyo principio activo es el glifosato, que a su vez se combina con otros compuestos químicos.

El 70 por ciento de los transgénicos cultivados en el mundo fueron manipulados para resistir al Roundup.

-¿Cómo actúa este herbicida en el caso de los cultivos transgénicos?
-Se fumiga una plantación de soja, mueren todas las malezas y sólo queda la soja.

-¿Qué consecuencias tiene el Roundup para la salud humana?
-Se ha revelado que es muy tóxico, aunque la transnacional siempre ha dicho que es ‘inofensivo’. La empresa de Saint Louis ha mentido demasiado, esconde datos.

El Roundup es el herbicida más usado en el mundo en todo tipo de cultivos. Hay estudios que demuestran que es cancerígeno, perturbador endocrino, y afecta el sistema reproductivo en mujeres y hombres.

Dinamarca lo prohibió definitivamente. En Europa hay mucha presión de parte de la sociedad civil para que se deje de usar.

Además, diversos estudios han demostrado que el rendimiento de los cultivos transgénicos es entre 5 y 12 por ciento menor que el de las plantas convencionales. ¡No los necesitamos para nada!

-Pero son un buen negocio…
-Lo que hay detrás de todo esto es que los transgénicos son patentados, ¡como si los genes que se introducen en las plantas fueran una invención de las empresas!

Yo fui testigo de cómo funciona este sistema en América del Norte. Monsanto tiene los derechos de propiedad intelectual de las semillas.

Eso significa que cada agricultor que siembra semillas transgénicas tiene que firmar un contrato en el cual se dice que no puede conservar una parte de su cosecha para resembrar al año siguiente, como lo han hecho siempre todos los agricultores del mundo.

Si el productor lo hace, Monsanto activa lo que se llama ‘la policía de los genes’. Son agencias privadas de detectives contratados por la transnacional que recorren los campos con la misión de detectar los sembrados ‘ilegales’.

Cuando se descubren, la empresa inicia un juicio contra el agricultor, que siempre termina ganando Monsanto. Incluso ha ganado cuando el agricultor tiene plantas transgénicas en su campo por haber sido contaminado por su vecino, es decir, contra su voluntad.

ABRIR LOS OJOS

-Usted dedicó un capítulo de su libro a Argentina, el primer país de América del Sur que autorizó los cultivos transgénicos y desde donde se extendieron ilegalmente a Brasil y Paraguay. Ahora que volvió a Argentina, ¿qué impresión le causó?

-La situación actual es mucho peor que la que describí en el libro. Argentina está viviendo una catástrofe sanitaria y ambiental. Con 18 millones de hectáreas cultivadas, es el segundo productor de soja transgénica en el mundo, después de Estados Unidos.

En la comunidad de Los Toldos, a 400 kilómetros de Buenos Aires, pude constatar una contaminación ambiental tremenda a causa de las fumigaciones de Roundup. Hay mucha gente enferma.

El Hospital Italiano de Rosario acaba de dar a conocer un informe sobre abortos espontáneos y bebés que nacen con malformaciones congénitas. Muchos niños sufren de dermatitis, problemas de visión, vómitos, náuseas.

A diez años de la introducción de cultivos transgénicos, están aumentando los cánceres, principalmente en los niños. En Ituzaingó, un barrio de Córdoba de 4.000 habitantes, situado al lado de cultivos de soja transgénica, una de cada 8 personas padece de cáncer.

-¿Cómo parar esto?
-Los políticos deberían actuar. Lo fundamental es la falta de evaluación de los productos químicos que se ponen en el mercado. Se estima que en Europa se han puesto en el mercado 100.000 moléculas químicas desde la Segunda Guerra Mundial.

Ninguna fue evaluada. Las instituciones encargadas de autorizar el uso y comercialización de estos productos se basan en los informes que entregan las empresa que los producen, y algunas sustancias químicas ni siquiera pasaron por ese análisis básico.

Pero también hay un aspecto ideológico que tiene que ver con lo que yo llamo el ‘cientismo’. Es decir, considerar que todo lo que viene de la ciencia es bueno para el ser humano. Y si la ciencia siempre es buena, los plaguicidas y transgénicos tienen que serlo.

También me impresiona que no se utilice el principio de precaución si se sospecha que una molécula es tóxica. Eso implicaría sacarla del mercado hasta que se verifique que no es dañina. Pero primero se cuentan los muertos y recién entonces se admite que hay problemas.

Esto es muy grave. La OMS estima que una de dos personas en el mundo vamos a padecer de cáncer en los próximos 10 años.

-¿Qué puede hacer la gente común y corriente?
-En este mundo creo que todos somos co-responsables de lo que pasa, cada uno a su nivel. Los consumidores, que somos los que compramos las cosas, tenemos un papel potente.

Yo tengo tres hijas adolescentes y en mi familia tratamos de comer la mayor parte de alimentos producidos en forma orgánica. A veces me tomo hasta dos horas para llegar a un lugar donde venden arroz orgánico. Y si la leche no es orgánica, no la consumimos. Para mí, la respuesta a tanto veneno es la agricultura orgánica.

-Usted anunció que su próxima investigación será la relación entre el cáncer, el mal de Parkinson y otras enfermedades graves con problemas ambientales derivados de la contaminación química. ¿Cuál es su idea?
-Hay muchos estudios que demuestran que los plaguicidas son responsables de enfermedades crónicas como el cáncer. Los enfermos de hoy son personas que se contaminaron treinta años atrás, con la primera revolución verde.

Como lo hice en el caso de Monsanto, voy a trabajar con quienes han investigado esto. El tema me toca directamente, porque soy hija de agricultores. Mi padre creyó honestamente en las maravillas de la revolución verde y utilizó plaguicidas durante veinte años, desconociendo su toxicidad. Trabajaba en una finca cooperativa con cuatro agricultores.

De ellos, dos murieron de cáncer a los 50 años. Los dos que continúan vivos padecen de cáncer, uno de ellos en la próstata y el otro en la piel. Mi papá sigue vive y sano, porque estaba encargado de las vacas y no aplicaba plaguicidas. Hace muy poco, producto de mi investigación, hicimos la asociación con el uso de agrotóxicos.

Todos cargamos químicos en el cuerpo. En análisis efectuados recientemente a 500 bebés nacidos en tres clínicas de Nueva York se detectó que todos tenían PCB, plaguicidas y dioxinas en su sangre. Fueron contaminados a través de la madre, aún antes de nacer. Hay que abrir los ojos.

Fuente: Ecología Espiritual

Reportaje inédito sobre las graves consecuencias en el consumo humano de los alimentos modificados genéticamente.

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